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Infobae: Tu LUISMI es nuestro LUCA.. o qué? o cómo?


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Hazte la fama y echate a... morir?

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¿cuándo?

Llegué a casa después de un largo día de trabajo y estudio. Mostruo! sonaba pomposamente en mis oídos, cuando ví al vecino de al lado sacando la basura en la oscuridad.

Odio cruzarme con los vecinos, no sabría explicar porqué pero no me gusta saludarlos, ni charlar. Aún siendo ésta mi cuarta mudanza no considero que eso haya influido -ni para bien ni para mal- en mi desgano por socializar.

COÑO, pensé y puse la llave en la cerradura. Lo saludé con un gesto animoso pero sin sacarme los auriculares. -Alksdjal- me dijo y obligada a salir de mi mundo contesté:

- Perdoname, no te esuché-

- No, te decía. De Racing no?... Coraje
-
- .......... Seh -

Me dejó pensando...
Y todavía no me puedo acordar en que momento le permití a este pelotudo que opinara de mis elecciones futbolísticas.

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Susana Gimenez no es tu amiga

Cuando una mujer se empieza a poner vieja, uno puede notar ciertos síntomas. Fuera de los tradicionales (calores, culos caídos, carácter inestable y otros) en algunos casos empieza a manifestarse una gran simpatía por los programas de la tarde -y sus personajes siniestros- y un cholulismo exacerbado por las divas de la televisión.

Almuerzo. Padre, madre e hijos reunidos en la mesa.

- ¡Ay mira que linda cartera! -

....
(horrible de verdad pero nadie dice nada)

Cuenta a la mesa - El otro día vino Suar y le regaló un anillo enorme de brillantes y una piedra negra en el medio. Le encantó, enseguida se sacó el que tenía y se lo puso. Ah mirá ese es...

Pendejito
- ¿A quién querés más a Mirtha Legrand o a la abuela?

.........

- Contestame!

- Si me vas a preguntar pelotudeeces no voy a perder el tiempo contestándolas (sigue comiendo)
- Ah mirá que linda polvera, porque ella las colecciona. ... Qué bien! - No, yo le cuento para que entienda. - Pobre Mirtha, a mi también me molestó lo que dijo el tipo ese. Qué ella no sabe nada, qué dice cualquier cosa, siempre lo mismo. Ella dice lo que la gente piensa, lo que nosotros quisieramos decir, como Susana.


Me quiero cortar las bolas, ¿por qué la gente defiende a personas que no conoce? No se puede ser tan crédulo. BASTA son personajes, no es tu amiga ni le interesa lo que te pasa. Entendelo mamá.

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Pagate un telo... RATA

Una tarde como todas, salí a darle de comer a Lucrecia. En las primeras horas después del mediodía el Rancho se vuelve silencioso y casi desierto. Ahí es cuando suelen aparecer los pubertos fumadores de porro, que merecen un capítulo aparte, pero no el de hoy.

Las primeras horas de la tarde en el Rancho son solemnes, no hay vecinos al acecho a los que tener que saludar ni pendejitos correteando de esquina a esquina. Son los momentos preferidos de Lucrecia y míos, definitivamente. La gente que va y viene es silenciosa y anónima, dulces placeres diría Morrison. Pero una tarde todo nuestro escenario perfecto se jodió con la presencia de un viejo Falcon.

Estacionó en la esquina levantando cierta sospechosa, Lucrecia ni se mosqueó. Yo no me acuerdo porqué tuve que entrar. Esa misma semana la escena se repitió, no reconocí el Falcon hasta que pasé sin darme cuenta por al lado y ví una cabeza meciéndose delicadamente pero con ritmo constante de arriba hacia abajo. MENTIRA, pensé y seguí derechito pensando que la televisión posiblemente sea culpable de esa 'idea pija' de creer que todo gira alrededor de lo mismo. Que hasta un plato de picles y lengua a la vinagreta 'están hablando de fatos (y de faso también)'.

La última tarde pude ver al dueño del Falcon, un hombre con cara de ese tipo que fue al programa de Susana Gimenez y se hacía el macho de américa porque se curtía a dos mellizas que evidentemente habían perdido 4 o 5 ravioles camino a los estudios de Telefe. Un tipo con mucha cara de boludo -resumiendo- que vestía el uniforme de una empresa de sodas. Se metieron en el auto y estacionaron en la esquina como en las tardes anteriores. Al rato el auto se meneaba de arriba hacia abajo. Así fue que se activó mi Super Yo generador de reacciones exageradas de poco alcance, pero ésta no, esta vez me hinché las pelotas de una manera incontrolable. Me pareció mersa, irrespetuoso, incomodo y desubicado como chupete en el orto, no eran pendejos con las hormonas en plena ebullición. No daba hacer y/o dejarse hacer un pete en esa circunstancia.

Agarré un papel y un marcador, de esos indelebles. Salí, eran las 4 pasadas y el Rancho empezaba a despertarse de la siesta. Sólo garabatié el título de este posteo en mayúscula de imprenta, me acerqué con paso firme y lo pegué en el parabrisas con un golpe seco. 'La concha de tu madre', se escuchó mientras una cabeza se asomaba por la ventanilla, no pude evitar la tentación. 'Eh para tanto Cimes? Anda a apretar el sifón a otro lado, dale. Pagate un telo, dejate de joder'

Con la puteada en la boca metió segunda y salió. Yo le regalé entre carcajadas mi dedo más largo apuntando hacia el cielo, y lo mantuve firme hasta que desapareció de mi campo visual. Me senté en mi umbral, Lucrecia se acurrucó en mi falda y todo volvió a ser solemne, perfecto. Igual a todas las tardes.

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Escarmiento



El bondi casi vacío a pocas cuadras de Retiro. Me levanto y toco el timbre. Parada frente a la puerta espero que el conductor maniobre por Santa Fe para llegar a la parada.

- ¿Bajas?

- No, me preparo para tocar la 5ta Sinfonía de Beethoven con el timbre.


A veces es mejor no preguntar(me).

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Mi tributo

Llegar, esperar, conversar cosas que poco importan, aburrirse, esperar, cargar los bártulos, acomodarlos en algún costado donde no molesten a nadie. Otro día más igual a todos los anteriores. La silla traicionera, los auriculares y los números que empezaban a sucederse a lo largo de la pantalla. Otro día más igual a todos los anteriores.

Mi trabajo era bastante simple. Tenía que escuchar hablar a la gente y me pagaban por eso, no parecía tan complicado. Yo decoraba sus palabras, como quién maquilla muertos. Colorete por aquí, tapar algún que otro agujero por allá y sacar lo peor para no herir a nadie. Dejaba las palabras listas para que el resto las recibiera. A pesar de eso y continuando con la metáfora, el 90 por ciento daba ganas de llorar.

Pasaron los días y cada vez tenía menos ganas de lidiar con los viejos pelotudos, con sus opiniones y sus exigencias. Putearlos, computadora mediante, tampoco me hacía sentir mejor. Soñaba con tomar por asalto su canal de comunicación, un día cualquiera y devolverles parte de toda la mierda con la que de a poquito me iban tapando.

'Me cagó en tu menemismo a ultranza y si en los 90 estabamos mejor fue a costa de lo que hoy padecemos o no te das cuenta que hace dos décadas que no podemos despegar la cabeza del asfalto. Y usted señora ya está grande para cambiarse el nombre todos los días.. si lo va a tomar como costumbre, al menos piénselo antes de llamar, porque su titubeo al aire queda demasiado evidente.. María de Belgrano... Juana de Flores...¿mañana cuál le toca? ¿Lita de Lazari?'

Pero me la tenía que comer doblada.

Un día llegué deseando que no se llenara la pantalla de números. Qué no dijeran estupideces, que fueran pacifistas, que canten mañanas campestres o algo que me cambiara los ánimos.
Cayó el primer llamado, me coloqué los auriculares y al dar play sólo escuché: 'blablablaaaBLAblBLAblabla' Reconocí la voz pero no entendí el mensaje. Me cagué de risa, miré para arriba y dí gracias por haber escuchado al menos UNA vez MI llamado.
Al ratito cayó el segundo. 'blblblblbbaaaaablablablaBLABLA' me sonreí pero ya desconfiando de los alucinógenos.

Quise consultar a los presentes para despejar toda duda. Conté lo sucedido, me miraron y sin más largaron las carcajadas. Me dió bastante tranquilidad, me sentí un poco idiota y seguí trabajando. Todos los mensajes decían lo mismo. Sólo cambiaban las voces que a la vez, eran las mismas de todos los días. Empecé a preocuparme.

La tele estaba muda. El graph sólo decía blablabla. Pedí que prendieran el audio y descubrí que el conductor del noticiero -el mismo que criticábamos todos los días- repetía insistentemente esa sílaba. Mis compañeros me miraron y dijeron esas malditas tres letras, sin sentido, sólo las repetieron. Ellos parecían entenderse entre sí pero yo no. Les hablé y no me entendieron.

No era la gripe A.

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