Susana Gimenez no es tu amiga
Cuando una mujer se empieza a poner vieja, uno puede notar ciertos síntomas. Fuera de los tradicionales (calores, culos caídos, carácter inestable y otros) en algunos casos empieza a manifestarse una gran simpatía por los programas de la tarde -y sus personajes siniestros- y un cholulismo exacerbado por las divas de la televisión.
Almuerzo. Padre, madre e hijos reunidos en la mesa.
- ¡Ay mira que linda cartera! -
.... (horrible de verdad pero nadie dice nada)
Cuenta a la mesa - El otro día vino Suar y le regaló un anillo enorme de brillantes y una piedra negra en el medio. Le encantó, enseguida se sacó el que tenía y se lo puso. Ah mirá ese es...
Pendejito - ¿A quién querés más a Mirtha Legrand o a la abuela?
.........
- Contestame!
- Si me vas a preguntar pelotudeeces no voy a perder el tiempo contestándolas (sigue comiendo)
- Ah mirá que linda polvera, porque ella las colecciona. ... Qué bien! - No, yo le cuento para que entienda. - Pobre Mirtha, a mi también me molestó lo que dijo el tipo ese. Qué ella no sabe nada, qué dice cualquier cosa, siempre lo mismo. Ella dice lo que la gente piensa, lo que nosotros quisieramos decir, como Susana.
Me quiero cortar las bolas, ¿por qué la gente defiende a personas que no conoce? No se puede ser tan crédulo. BASTA son personajes, no es tu amiga ni le interesa lo que te pasa. Entendelo mamá.
Pagate un telo... RATA
Una tarde como todas, salí a darle de comer a Lucrecia. En las primeras horas después del mediodía el Rancho se vuelve silencioso y casi desierto. Ahí es cuando suelen aparecer los pubertos fumadores de porro, que merecen un capítulo aparte, pero no el de hoy.
Las primeras horas de la tarde en el Rancho son solemnes, no hay vecinos al acecho a los que tener que saludar ni pendejitos correteando de esquina a esquina. Son los momentos preferidos de Lucrecia y míos, definitivamente. La gente que va y viene es silenciosa y anónima, dulces placeres diría Morrison. Pero una tarde todo nuestro escenario perfecto se jodió con la presencia de un viejo Falcon.
Estacionó en la esquina levantando cierta sospechosa, Lucrecia ni se mosqueó. Yo no me acuerdo porqué tuve que entrar. Esa misma semana la escena se repitió, no reconocí el Falcon hasta que pasé sin darme cuenta por al lado y ví una cabeza meciéndose delicadamente pero con ritmo constante de arriba hacia abajo. MENTIRA, pensé y seguí derechito pensando que la televisión posiblemente sea culpable de esa 'idea pija' de creer que todo gira alrededor de lo mismo. Que hasta un plato de picles y lengua a la vinagreta 'están hablando de fatos (y de faso también)'.
La última tarde pude ver al dueño del Falcon, un hombre con cara de ese tipo que fue al programa de Susana Gimenez y se hacía el macho de américa porque se curtía a dos mellizas que evidentemente habían perdido 4 o 5 ravioles camino a los estudios de Telefe. Un tipo con mucha cara de boludo -resumiendo- que vestía el uniforme de una empresa de sodas. Se metieron en el auto y estacionaron en la esquina como en las tardes anteriores. Al rato el auto se meneaba de arriba hacia abajo. Así fue que se activó mi Super Yo generador de reacciones exageradas de poco alcance, pero ésta no, esta vez me hinché las pelotas de una manera incontrolable. Me pareció mersa, irrespetuoso, incomodo y desubicado como chupete en el orto, no eran pendejos con las hormonas en plena ebullición. No daba hacer y/o dejarse hacer un pete en esa circunstancia.
Agarré un papel y un marcador, de esos indelebles. Salí, eran las 4 pasadas y el Rancho empezaba a despertarse de la siesta. Sólo garabatié el título de este posteo en mayúscula de imprenta, me acerqué con paso firme y lo pegué en el parabrisas con un golpe seco. 'La concha de tu madre', se escuchó mientras una cabeza se asomaba por la ventanilla, no pude evitar la tentación. 'Eh para tanto Cimes? Anda a apretar el sifón a otro lado, dale. Pagate un telo, dejate de joder'
Con la puteada en la boca metió segunda y salió. Yo le regalé entre carcajadas mi dedo más largo apuntando hacia el cielo, y lo mantuve firme hasta que desapareció de mi campo visual. Me senté en mi umbral, Lucrecia se acurrucó en mi falda y todo volvió a ser solemne, perfecto. Igual a todas las tardes.
El porqué de Lucrecia
Después del 'paso a mejor vida' de Dos Caras (así nos gustaba llamarlo), el Rancho quedó sin capanga.
En algún tiempo sin nombre, los gatos se habían repartido ordenadamente las cuadras del barrio, dejando implícito que los límites de las jurisdicciones eran 'sagrados'. Hoy mantienen esa filosofía. Los gatos de la calle pueden darse algunos permisos más pero los mimados, los gatos caseros sólo pueden pasearse por las medianeras y recovecos cuándo los otros no andan patrullando. No es que se lleven mal, sólo pertenecen a rangos distintos y ellos respetan esas diferencias para ahorrarse problemas o rasguños en los lagrimales.
Los gatos más viejos integran triunviratos o duplas dentro de una misma cuadra y son un poco más tolerantes con los traviesos cachorros que se pasean por todo el barrio buscando su lugar.
En pocos meses de sólo observarlos llegué a conocerlos muy bien. Sé por donde andan, con quién se juntan y a quién le hacen el vacío... ¡hasta a quién le cagan las macetas!. Comprobé que lo que dicen de los gatos es cierto, son interesados y bastante ariscos salvo cuando tienen hambre pero entre ellos tienen códigos, eso me gusta.
Un día cualquiera terminó la acefalía, no sé que habrán pensado los otros gatos. Fue una tarde de nubes grises cuando el Rancho adoptó a su nueva dueña. Una gatita rubia con enormes ojos amarillos verdosos apareció maullándo y arañando bolsas de basura, nunca antes la había visto. Tenía el carisma de todo líder pero la panza demasiado vacía como para saberlo. En su otra vida fue perro, estoy segura, y en ésta parece que quiso cruzarse de vereda. Él le puso nombre y la domesticó, cómo en algún momento hizo conmigo. Lucrecia - ¿Por qué? - 'Porqué, tiene cara de Lucrecia'. Ni él sabía lo acertado que había sido aquel impulso.
Lucrecia, nombre femenino de origen latino, de "lucror", que significa "Aquella que gana"
Santa Lucrecia, mártir se celebra el 9 enero.Famosos, personales históricos celebres con el nombre de Lucrecia:
- Lucrecia Borgia, nació en Roma en el año 1480, hija del cardenal Rodrigo Borgia (luego papa Alejandro VI) . Lucrecia es considerada la mecenas italiana de las artes, inspira a numerosos artistas y escritores de la época.
Definitivamente alguien teje nuestras historias con manos cálidas y hermosos colores.
La precuela de Lucrecia
Mi cuadra es especial. En los últimos años cambie de casa como tres o cuatro veces o lo que tardan en vencerse los contratos de alquiler. En fin. Pero ninguna fue tan especial como ésta. Me crié en la cuadra de los enfermos psiquiátricos y mentales. Comí churros y helados de una fábrica escondida que sólo tenía a algunos niños como clientes fijos. Viví cerca de una plaza, ví desaparecer la calesita del barrio por una antena de -los primeros- celulares, y crecer un muro amarillo en la puerta de mi casa. Pero esta cuadra es mucho más extraña.
La rutina te permite afilar los sentidos y aprender de oído la melodía con la que baila el mundo, todo en el más profundo anonimato.
Viniendo del norte y apurando el paso a mitad de cuadra se puede escuchar, cuándo baja el sol, a un principiante acariciando notas en un saxo pequeño. Antes, el policía de la esquina se anunció desde la terraza, con su ladrido profundo. El tipo sabe que debe callar cuándo escucha el silbido cómplice de quién lo saluda.
Entre el saxo y el ladrido me esperaba siempre un minino digno de aquel Rancho. El pelo largo, sucio y desprolijo. Un hachazo le dividía la cara; mitad negra, mitad marrón. Ni el pulso del artista más perfecto hubiera podido repetir aquella simetría. A veces se disfrazaba de gárgola de jardín y esperaba inmóvil en lo más alto de la arcada, siempre dispuesto a acercarse a recibir la caricia correspondiente al día de la fecha. Aún con lluvia se estiraba para charlar un rato, bajo la luz de la luna. Pero un día no apareció y luego ese día se multiplicó por un poco más de un mes. Las últimas veces que habíamos compartido un rato con él tenía un maullido afónico y andaba cabizbajo, por lo que no tardamos en interpretar su ausencia como un descanso merecido.
Una tarde finalmente me crucé a la dueña de la casa. Una viejecita simpática con unos enormes lentes de aumento y una pequeña pero visible joroba. Arreglaba el jazmín de su patio cuándo decidí sacarme la duda sobre aquel gato. Después de mi presentación (no suelo hablar ni saludar a vecinos, no me lo permite mi religión) sólo me acuerdo de verla irse por la esquina del norte, con su bolsa de "hacer las compras". Me enteré que era gata y no gato, y me quedé masticando una idea. Nunca la ví tocar el suelo, cómo si fuera su juego para ella, estar siempre dentro de los límites de su baranda. Después de una tormenta fuerte apareció tirada en el piso de la vereda, con apenas unos golpecitos en el costado de su cara perfecta imperfecta. Así es que ya no hay gárgola que cuide aquel jardín, ni charlas en secreto a la luz de la luna.
el ocaso llegó hoy
Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano
tienda próximo a expirar
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?
Cuando la muerte vidrie
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración al oírla,
¿quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa
¿quién vendrá a llorar?
¿Quién en fin al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?
Vaya a saber porqué, el profesor eligió ése día y no otro, para contar la única anécdota que no repitió en todo el cuatrimestre. Recitó de memoria la poesía de Gustavo Adolfo Becquer que había estudiado para la clase de Castellano, a sus infantiles y lejanos 12 años.
Otra prueba más para no creer en las casualidades.
Al querido tío Enrique, que siempre tendrá quién lo recuerde con amor.
El ocaso llegó en diciembre
Capítulo 8
Los días se hacen largos cuándo llega diciembre. Y tienen la particularidad de virar el timón con tanta violencia que el punto de quiebre termina volviéndose imperceptible. Felicidad, tristeza. Diciembre me trajo en sus primeros días una noticia por la que trabajé durante todo un año, pero a las pocas horas me tiró por la cabeza otra, que aunque la sabía cercana no la esperaba. No todavía.
De la historia de Ernesto me quedó bastante por contar. Después de un mes y pico de espera y de llamados interminables, apareció la plaza en un geriátrico de almagro-boedo. Los exámenes pertinentes denunciaron el ahora agravado estado, de aquel pacman siniestro en la cabeza del pobre viejo.
- Yo no puedo estar acá. Ahora me viene a buscar Alberto y me voy eh! me voy, me voy. Yo no tengo que estar acá. Ya viene Alberto -
Quisimos creer que al estar rodeado de gente como él y de otros, más jóvenes dispuestos a atenderlo, todo mejoraría. Yo esperaba el permiso para poder visitarlo alguna tarde de sábado, cuando recibí la noticia.
Después del improvisado ágape de fin de curso, ya camino a casa, sonó el celular y lo atendí con fastidio. Cuándo corté quedé en silencio unos instantes y ante la pregunta de mi acompañante sólo atiné a contestar: El hermano de mi abuelo se está muriendo. De ahí en adelante nada pudo abstraerme del peso de aquella frase.
Capítulo 9
La internación fue de urgencia en el Hospital Guemes. Los abuelos, mi mamá y mi tía montaron las guardias durante el día y la noche. Llegó a terapia intensiva con signos de debilitamiento y una infección galopante en los riñones. A partir de entonces sólo se buscaron culpables: que en el geriátrico no lo atendieron bien, que en realidad es a causa del abandono prematuro del tratamiento. Nadie planteó como posibilidad que Ernesto haya decidido simplemente dejarse morir.
Cuándo la tía llegó al sanatorio pidió en la recepción el número de habitación. 1236. Llegó y en ninguna de las dos camas estaba Ernesto. Volvió y aviso que había un error, que en esa habitación no estaba Ernesto Casarico. - ¿Está segura?- Sí, vengo de allá y no está-, dijo mientras caminaba de nuevo a la habitación, ahora acompañada de la enfermera. - ¿Cuánto hace que no ve a su tío, señora? ¿No lo reconoce?- . La tía no pudo contestar. Con varios kilos menos, el pelo completamente blanco, la piel acurrucada en los huesos y cables por todos lados, permanecía inconciente en la cama el tío Ernesto.
Mi tribu encontrada
Los años pasan, las historias cambian. De estar adentro de una cabina telefónica, tratando de arreglar una gran cagada en soledad. A espiar aquel lugar tiempo después, pero con el futuro de la Nación sentado en la falda. Definitivamente no suena igual de alentador que "espiar aquel lugar, desde la ventanilla de un bondi y con un suspiro de alivio recordar la gran mano de Dios y de
Ginés."
Cómo no era lo mismo morir en manos de la Tribu Perdida, llevándote a la tumba la confirmación de su existencia; que sobrevivir y recordarlo en secreto, sólo al mirar la cicatriz de tu dedo gordo. Los años pasan y las historias cambian, sólo para que uno se encuentre en el mismo lugar y pueda jugar a elegir su propia aventura.
La abuela Malite espera que al leer este libro encuentres la Tribu Perdida. Chau... India comanche. Abu (15/5/97)
Ahora la vieja puede quedarse tranquila, ya encontré lo que necesitaba.
Whisky... bar (Alabama song)

Parece una ironía. La flauta dulce toca Noche de Paz y yo que partiría melones con un bat de baseball. ¿Qué paz ni paz? dónde la venden, dónde se compra. En la tele, Natalia Oreiro dice que en la adolescencia uno deja de tomar leche (?) y creo que tengo un pensamiento recurrente, otra ironía animal. Busco explicaciones que nunca encuentro, me molesta y punto. Me rompe los huevos tu flauta dulce, que instrumento de mierda! Los días pasan, ya no los marco en el calendario porque ya no espero nada, pero me complican cada vez más la existencia. Tenía razón, nubecita de estiercol, la forma más tierna de hablar de mierdas propias y ajenas. Simplemente ya no hay ganas, pero todavía no se de qué... Click!
Gracias por tu blues.
La importancia de ser Ernesto (Final)
Capítulo 6
Al Sol, el tío Ernesto estaba más demacrado y desprolijo de lo que parecía. Nos sentamos todos a la sombra del naranjo, ya viejo y podrido.
El tío desempolvó algunas otras anécdotas que sumó a su circuito perfecto. "Yo estudié con los alemanes. Te preguntaban: ¿Usted puede hacer esto? -Sí- Entonces hágalo... y no me pregunte nada". Ernesto no hablaba de tiempos felices, salvo cuando contaba el chiste del hijo invertido.
La tía fue más hiriente que nunca. Cargó constantemente contra el tío y el aire se puso pesado, insoportable. Empecé a sentirme mal, muy triste. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Los pies descalzos en el pasto verde se movían inquietos.
Ezequiel, el otro observador silencioso que estuvo siempre al lado mío, se dió cuenta. "¿Vamos?", me dijo. Ya no quería estar ahí pero a la vez entendí que ésta era mi despedida, que no sabía en que circunstancia, el tío y yo, nos volveríamos a encontrar. Si me miraría a los ojos o si serían los míos los únicos presentes, videntes, vivos.
"Me voy tío, que sigas bien", dije y apreté su mano. No me perdí la posibilidad de mirarlo a los ojos. "Eh? Bueno, rápido... rápido", me dijo. Bajé la mirada y de fondo vi que mi compañero lo saludaba. El tío le contestó "No te pierdas". No era una metáfora.
Capítulo 7
Los meses siguientes el tío siguió llamando por teléfono, ahora 7 u 8 veces por día. Quería saber si el abuelo lo iba a ir a buscar para trabajar. Quería saber cómo hacía para salir, dónde estaban las llaves. Pero la última vez, llamó para saber dónde estaba.
Ese mes la cuenta del teléfono alcanzó las tres cifras. Casi una jubilación. Otro dolor de cabeza para el abuelo. Ese mes tenía un día marcado en el calendario hacía ya bastante, la fecha de los análisis. Finalmente ibamos a saber en que andaba la cabeza del tío Ernesto, lo que no sabíamos era que los resultados iban a tardar dos meses más. PAMI.
La doctora dijo Alzheimer. Esa enfermedad de la que todavía se sabe poco. La que se come los recuerdos como un pacman. La que borra las caras de la memoria como el mar que se traga las huellas en la arena. Que no deja testigos, que no se apiada. Que te deja lisito, como una hoja en blanco. Que te prepara despacito para la gran ceremonia.
No se si ya me olvidó, si se acuerda de la pipa, del cuento o de Stroessner. Sólo espero que esa puta caprichosa le deje algunos recuerdos, sólo los mejores. Que en su mente y en silencio sepa que una vez río con fuerza hasta las lágrimas, que una tarde lo llenaron de abrazos y que yo me quedo añorando todas las historias que nunca me contó.
El motivo que disparó las palabras II
Las tripas gruñendo tampoco funcionan como una canción de cuna y esa noche al Niño lo mataba el dolor de barriga, por eso salió a caminar. Descalzo, como siempre patió unas 30 cuadras, deteniéndose a juntar pedacitos de plástico, papeles de colores y una botellita de vidrio que encontró parada solita en medio de la noche.
Le gustaba pensar como habían sido las cosas antes de que llegaran a sus manos, antes de conventirse en basura. El pedacito de plástico podría haber sido una tapita de coca, de esas que te dan puntos para regalos que nunca ganás. Uno de los papelitos de colores había envuelto a los alfajores dorados y plateados, otro había sido un volante de una casa de cueros y así.
Los guardó todos adentro de su botellita y tirado en el piso la hacía rodar, aprovechando la bajada de la calle. Veía saltar a los pasajeros de colores, en esa nave maravillosa de la que él era el capitán, hasta que sin darse cuenta se quedó dormido.
A la mañana siguiente el Niño no esperó al Sol en la esquina de la Penumbra y él tampoco lo abrigó con su caricia matutina. Lo mismo pasó los días siguientes. Nadie veía al Niño correr carreras, ni gritar goles hasta que el Sol encontró la botella con todos sus pasajeros. Una vez más la Luna se había guardado el futuro en el bolsillo, sólo para ella.
Al Niño, el Sol le regaló un caleidoscopio para que pueda seguir espiando a sus pasajeros por la boca de la botella. Ahora desde algún lugar los vé, pero ya no como pedacitos de basura sino como recuerdos de sus días siendo el capitán de la Gran Ciudad.
El motivo que disparó las palabras I
Todo tiene un porqué. Todo parte de algo, por más mínimo que sea.
El sol todavía gozaba de buena salud cuando El niño lo esperaba en la esquina de la Penumbra. Todas las mañanas se acomodaba en un rinconcito y esperaba que el gigante desperezara sus grandes brazos de luz, bañándole la cara con una suave caricia.
La casa era cualquier lugar tranquilo y vacío. La escuela, el bar de la esquina cuando no estaba el gordo de bigotes. La familia era todo el que pasaba, lo mirara o no; lo ignorara o no; le salvara la vida o lo matara de hambre. El niño no esperaba nada de nadie y así estaba parejo con la sociedad.
Al mediodía tomaba la calle principal y corría entre los tipos apurados, de traje largo y
maletín. Les jugaba carreras imaginarias y se daba el lujo de festejarles las victorias en la cara, como si gritara una vez más el gol 200 de Palermo.
Cuando caía la tarde encaraba para el río, esquivando polis. Se sentaba de cara al sol y lo acompañaba los últimos minutos de su turno hasta que llegara el relevo. Con la luna no tenía mucha onda.
Las tripas gruñendo no eran la mejor banda sonora para encontrarse con ella. A diferencia del Sol, la Luna podía ver lo que pasaba antes de que ocurriera. Los pibes sabían que era medio bruja y no la querían, porque nunca les tiraba un centro. No les avisaba si a mitad de la noche los polis los venían a rajar, ni si en la gran M estaban tirando hamburguesas de más, escondidas entre tanta basura.
Es me todo
Por él se inventó la palabra metódico. Para todo tiene una serie de elementos a tener en cuenta, formas perfectas de llevar adelante hasta el más mínimo detalle. Es exigente con cada una de las cosas que pretende poseer, siempre lo mejor. Nunca se conforma con poco, ni con la mediocridad o las cosas a medias. Yo, lo opuesto a él. Siempre barajando las posibilidades en el aire. Haciendo para zafar, como venga y mañana vemos.
Cuando apoyaba su cabeza en mi hombro, la mía empezaba a volar. De tanto en tanto esa cabecita saltaba y se suspendía en el aire lo que dura un suspiro o que el bondi salga de la cuneta. Yo volvía a la realidad... pero sólo por un momento.
Es una de las personas más buenas que conozco, más fieles y compañeras. Sin querer queriendo se encomendó la díficil tarea de armar mi rompecabezas. Cada día
tomaba las piezas una por una, las miraba con ternura y sonreía. Durante mucho tiempo pegó las que estaban rotas y limpió las que estaban sucias. Desarmó todo lo hecho, empezó de cero y con mucha paciencia inició el montaje.
Un viernes entre trompetas y humos en la cara lo terminó. No sabía como agradecerle tal acto de amor. Regalarle mis días hasta el final de los tiempos me pareció bastante oportuno.
Yo quiero llenar mi vida de sus métodos. Aprender de su paciencia infinita, de su respeto intachable. Y creo que esta vuelta el destino me va a dar una mano.


